El secreto mejor guardado de Pikolinos

Asegura Juan Perán que tuvo clara su vocación de ser empresario desde que su vecino y mentor Mariano Garrido le dijo una frase que se le quedó grabada: «Vale más ganar tres pesetas con tu propio negocio, que cinco trabajando para otro». Tenía 14 años y acababa de llegar a Elche, ciudad a la que había emigrado en busca de un futuro mejor desde la pedanía lorquina de Torrealvilla donde nació en 1947 y donde llegó a cuidar un rebaño de ovejas para ayudar a la familia.
Desde entonces, aquella idea nunca dejó de rondarle por la cabeza. Pensó en un bar, en un lavadero de coches y hasta en meterse en el negocio de las chinchillas, según explica el propio empresario, pero estando en Elche, la ciudad española que acapara la mayor producción de calzado del país, su futuro acabó inexorablemente ligado a la fabricación de zapatos. Y no le fue nada mal. La firma que acabó creando, Pikolinos, es hoy en día uno de los referentes de la industria nacional, con una facturación superior a los 100 millones de euros y que consigue casi tres cuartas partes de sus ingresos gracias a la exportación que realiza a más de 60 países y con la que ha logrado hacerse un hueco en mercados tan complicados como el norteamericano o el chino, donde tiene 120 corners en tiendas multimarca.
Un negocio en el que la segunda generación de la familia ya ha tomado las riendas por completo y donde los hijos del fundador –Juan Manuel, Rosana y Carolina– se reparten las funciones de presidente, vicepresidenta y brand manager de la firma en perfecta armonía, según aseguran. Cuando eran adolescentes, su padre se encargó de hacerles un test a los dos mayores para conocer las cualidades de cada uno, como recuerda Rosana Perán, que ocupa la presidencia de la patronal española del calzado, FICE.
Pero hasta llegar al punto en que se encuentra hoy, la historia de Juan Perán no fue fácil. Mientras daba con el negocio de su vida, estuvo trabajando en varias fábricas, primero como repartidor y, más tarde, como cortador de pieles. Hasta que llegó 1974, que Perán califica como su «año glorioso»: se compró su primer piso, se casó y , con su mujer embarazada, le despidieron de la fábrica de Paredes en la que trabajaba.

